Pero nosotros, los siete allí reunidos, habiendo visto la sombra cuando salía de entre los cortinajes, no nos atrevimos a mirarla fijamente, sino que bajamos los ojos y contemplamos incesantemente las profundidades del espejo de ébano.
Y al fin yo, Oinos, pronunciando unas pocas palabras en voz baja, le pregunté a la sombra por su morada y su nombre.
Y la sombra respondió: «Soy la sombra, y mi morada está cerca de las Catacumbas de Tolemaida, muy junto a aquellas sombrías llanuras de Elusión que lindan con el inmundo canal Caronio».
Y entonces nosotros, los siete, nos levantamos de nuestros asientos horrorizados, y nos quedamos temblando, estremecidos y atónitos, pues los tonos en la voz de la sombra no eran los tonos de un solo ser, sino de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a otra, cayeron oscuramente sobre nuestros oídos con los acentos bien recordados y familiares de muchos miles de amigos difuntos.