—todos los hombres marchaban sobre sus diez dedos con salvaje asombro.
Soy—es decir, era—un gran hombre; pero no soy ni el autor de Junius ni el hombre de la máscara; en cuanto a mi nombre, creo que es Robert Jones, y nací en alguna parte de la ciudad de Fum-Fudge.
La primera acción de mi vida fue agarrarme la nariz con ambas manos. Mi madre vio esto y me llamó genio; mi padre lloró de alegría y me regaló un tratado de Nosología. Esto lo dominé antes de usar pantalones cortos.
Empecé entonces a orientarme en la ciencia, y pronto llegué a comprender que, con tal de que un hombre tuviera una nariz suficientemente conspicua, podía, con solo seguirla, alcanzar la categoría de León.
Pero mi atención no se limitaba solo a las teorías. Todas las mañanas le daba un par de tirones a mi probóscide y me tragaba media docena de copitas.
Al hacerme mayor, mi padre me preguntó un día si quería entrar con él en su estudio.
—Hijo mío —dijo, cuando estuvimos sentados—, ¿cuál es el fin principal de tu existencia?
—Padre mío —respondí—, es el estudio de la Nosología.
—Y dime, Robert —inquirió—, ¿qué es la nosología?
—Señor —dije—, es la ciencia de las Narices.