habitual de suposición quedó totalmente rota. Los hombres no sabían qué imaginar. Hubo algunos que incluso concibieron que el señor Ellison se desprendería de al menos la mitad de su fortuna, por considerarla una opulencia totalmente superfluа—enriqueciendo a batallones enteros de parientes suyos mediante la división de su superabundancia. A los más cercanos de entre ellos les cedió, de hecho, la muy inusual riqueza que le había pertenecido antes de la herencia.
No me sorprendió, sin embargo, percibir que hacía tiempo que se había decidido sobre un punto que había suscitado tanta discusión entre sus amigos.
Tampoco me asombró gran cosa la naturaleza de su resolución. En lo tocante a la caridad individual, había satisfecho su conciencia. En cuanto a la posibilidad de que el hombre mismo efectuara mejora alguna, propiamente dicha, en la condición general del hombre, tenía (siento tener que confesarlo) poca fe.
En suma, ya fuera feliz o infelizmente, se hallaba reducido, en muy gran medida, a sí mismo.