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La muerte de Edgar Allan Poe

La antigua fábula de dos espíritus antagónicos aprisionados en un mismo cuerpo, igualmente poderosos y dominando por turnos —el de un hombre, es decir, habitado a la vez por un demonio y por un ángel— parece haberse hecho realidad, si es cierto todo cuanto oímos, en el carácter del extraordinario hombre cuyo nombre hemos escrito más arriba. Nuestra propia impresión sobre la naturaleza de Edgar A. Poe difiere, sin embargo, en un grado importante de aquella que se ha transmitido por lo general en las gacetas sobre su muerte. Permítenos, antes de contar lo que personalmente sabemos de él, copiar un retrato gráfico y muy pulido, salido de la pluma del Dr. Rufus W. Griswold, que apareció en un número reciente del Tribune:

“Edgar Allan Poe ha muerto. Murió en Baltimore el domingo 7 de octubre. Este anuncio sobresaltará a muchos, pero a pocos afligirá. El poeta era conocido, en persona o por su reputación, en todo este país; tenía lectores en Inglaterra y en varios de los estados de la Europa continental; pero tenía pocos amigos o ninguno; y los pesares por su muerte serán provocados principalmente por la consideración de que en él el arte literario ha perdido a una de sus estrellas más brillantes pero erráticas. > “Su conversación era a veces casi supramortal en su elocuencia. Su voz estaba modulada con asombrosa habilidad, y sus ojos grandes y de expresión variable expresaban sosiego o proyectaban un tumulto ardiente en el de quienes escuchaban, mientras su propio rostro se iluminaba, o permanecía inmutable en su palidez, a medida que su imaginación aceleraba su sangre o

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