“Su adaptación a los ojos que habían de contemplarla sobre la tierra”.
En su explicación de esta fraseología, Mr. Ellison contribuyó en gran medida a resolver lo que siempre me ha parecido un enigma. Me refiero al hecho (que solo los ignorantes disputan) de que no existen en la Naturaleza combinaciones de paisajes como las que el pintor genial tiene el poder de producir.
No se hallan en la realidad Paraísos como los que han resplandecido sobre el lienzo de Claudio. En el más encantador de los paisajes naturales, siempre se encontrará un defecto o un exceso—muchos excesos y defectos. Si bien las partes componentes pueden superar, individualmente, la más alta habilidad del artista, la disposición de dichas partes será siempre susceptible de mejora.
En suma, no puede alcanzarse ninguna posición desde la cual un ojo artístico, mirando fijamente, no halle motivo de disgusto en lo que se denomina técnicamente la composición de un paisaje natural.
¡Y cuán incomprensible es esto! En todos los demás asuntos se nos enseña justamente a considerar a la Naturaleza como suprema. Ante sus detalles nos retrae la competencia. ¿Quién se atreverá a imitar los colores del tulipán, o a mejorar las proporciones del lirio de los valles?
La crítica que afirma, respecto a la escultura o al retrato, que “hay que exaltar la Naturaleza más bien que imitarla”, incurre en un error. Ninguna combinación pictórica o escultórica de rasgos de belleza humana hace más que aproximarse a la viva y respirante belleza humana tal como alegra nuestro diario sendero.
Byron, que a menudo se equivocó, no se equivocó al decir: