—¡Silencio! —dijo el capitán, señalando a la esposa y a las hermanas del difunto—. Debemos hablar de estas cosas en algún momento más oportuno.
Sufrimos mucho y nos salvamos por poco; pero la fortuna nos favoreció, así como a nuestros compañeros del bote grande. Desembarcamos, en fin, más muertos que vivos, tras cuatro días de intensa angustia, en la playa frente a la isla Roanoke. Permanecimos allí una semana, los wreckers no nos trataron mal y al fin conseguimos pasaje a Nueva York.
Aproximadamente un mes después de la pérdida del Independence, me encontré por casualidad con el capitán Hardy en Broadway. Nuestra conversación giró, naturalmente, en torno al desastre, y en especial sobre la triste suerte del pobre Wyatt. Así fue como conocí los siguientes pormenores.
El artista había contratado pasaje para sí mismo, su esposa, dos hermanas y un criado. Su esposa era, en verdad, tal como se la había descrito, una mujer bellísima y sumamente refinada. En la mañana del catorce de junio (el día en que visité el barco por primera vez), la dama enfermó repentinamente y murió. El joven esposo estaba loco de dolor; pero las circunstancias prohibían imperativamente posponer su viaje a Nueva York. Era necesario llevarle el cadáver de su adorada esposa a la madre de esta y, por otro lado, era bien sabido el prejuicio general que le impediría hacerlo abiertamente. Nueve décimas partes de los pasajeros habrían abandonado el barco antes que embarcarse con un cadáver.
Ante este dilema, el capitán Hardy dispuso que el cadáver, tras ser parcialmente embalsamado y empaquetado con una gran cantidad de sal en una caja de dimensiones adecuadas, fuera transportado a bordo como mercancía. No debía decirse nada acerca del fallecimiento de la señora; y, como era de sobra conocido que el señor Wyatt había reservado un pasaje para su