El origen de este alboroto pronto se hizo bastante evidente. De detrás de la enorme mole de una de aquellas masas de nubes de perfiles nítidos ya mencionadas, se vio emerger lentamente en una zona despejada de espacio azul una sustancia extraña, heterogénea, pero Aparentemente sólida, tan extrañamente formada, tan caprichosamente ensamblada, que no podía ser comprendida de ninguna manera, y jamás lo suficientemente admirada, por la hueste de robustos burgueses que permanecían con la boca abierta allá abajo. ¿Qué podía ser? ¡En nombre de todas las vrows y de todos los demonios de Róterdam, qué podía presagiar aquello? Nadie lo sabía, nadie podía imaginarlo; nadie —ni siquiera el burgomaestre Mynheer Superbus Von Underduk— tenía la más mínima pista para desentrañar el misterio; así pues, como no se podía hacer nada más razonable, todo quisque volvió a colocarse con cuidado la pipa en la comisura de los labios y, torciendo el ojo derecho hacia el fenómeno, exhaló una bocanada, hizo una pausa, dio unos pasitos de pato, gruñó con elocuencia y luego dio unos pasos atrás, gruñó, hizo una pausa y, por último, volvió a exhalar una bocanada.
Entre tanto, sin embargo, descendiendo cada vez más y más hacia la hermosa ciudad, venía el objeto de tanta curiosidad y la causa de tanto humo. En muy pocos minutos se acercó lo suficiente como para ser discernido con precisión. Parecía ser... ¡sí! Era indudablemente una especie de globo; pero ciertamente jamás se había visto semejante globo en Róterdam. Pues quién, permítame preguntar, oyó hablar alguna vez de un globo fabricado enteramente de periódicos sucios? Ningún hombre en Holanda, por cierto; sin embargo, aquí, ante las mismas narices de la gente, o más bien a cierta distancia por encima de sus narices, estaba la cosa idéntica en cuestión, y compuesta, lo sé por la mejor autoridad, del material preciso que nadie antes había conocido que se usara para un propósito similar. Era un insulto flagrante al buen juicio de los burgueses de Róterdam.
En cuanto a la forma del fenómeno, era aún más censurable; pues no era poco ni mucho mejor que un enorme pliego de papel de escribir vuelto al