“—Pero —dice L’Etoile—, si el cuerpo se hubiera mantenido en su estado mutilado en tierra hasta la noche del martes, se habría encontrado en tierra algún rastro de los asesinos”.
Aquí es difícil al principio percibir la intención del razonador. Pretende anticiparse a lo que imagina que sería una objeción a su teoría, a saber: que el cuerpo se mantuvo en tierra dos días, sufriendo una descomposición rápida, más rápida que si hubiera estado sumergido en el agua.
Supone que, de haber sido así, podría haber aparecido en la superficie el miércoles, y piensa que solo en tales circunstancias habría aparecido de ese modo. Por consiguiente, se apresura a demostrar que no fue conservado en tierra; pues, de ser así, “se habría encontrado en tierra algún rastro de los asesinos”.
Supongo que usted sonríe ante la secuela. A usted no se le puede hacer ver cómo la mera permanencia del cadáver en tierra podría operar para multiplicar los rastros de los asesinos. A mí tampoco.
“‘Y además es sumamente improbable’, continúa nuestro periódico, ‘que unos malhechores que hubieran cometido