minutos—al nordeste cuarta al norte—rama principal séptimo miembro lado este—disparar desde el ojo izquierdo de la calavera—en línea recta desde el árbol a través del tiro a cincuenta pies de
—Incluso esta división —dije—, me deja todavía a oscuras.
—A mí también me dejó en la oscuridad —respondió Legrand—, durante unos días; periodo en el cual hice averiguaciones diligentes, por los vecindarios de la isla de Sullivan, sobre cualquier edificio que llevara el nombre de «Hotel del Obispo», pues, como es natural, descarté la palabra anticuada «hostería». Al no obtener información al respecto, estaba a punto de ampliar el radio de mi búsqueda y proceder de un modo más metódico, cuando, una mañana, se me ocurrió de repente que esta «Hostería del Obispo» podría guardar relación con una antigua familia de apellido Bessop que, desde tiempo inmemorial, había poseído una vieja casa solariega a unas cuatro millas al norte de la isla. Me fui, en consecuencia, a la plantación y reanudé mis preguntas entre los negros más ancianos del lugar. Al fin, una de las mujeres de más edad me dijo que había oído hablar de un sitio llamado el Castillo de Bessop, y que creía poder guiarme hasta allí, pero que no se trataba de un castillo ni de una taberna, sino de una roca alta.
—Le ofrecí pagarle bien por las molestias y, tras algunas vacilaciones, accedió a acompañarme al lugar. Lo encontramos sin mucha dificultad, momento en el que, despidiéndola, procedí a examinar el sitio. El «castillo» consistía en un conjunto irregular de acantilados y rocas —siendo una de estas últimas bastante notable por su altura, así como por su aspecto aislado y artificial—. Trepé hasta su cúspide, y entonces me sentí muy perdido respecto a qué debía hacer a continuación.
Mientras me entregaba a la reflexión, mis ojos cayeron sobre una estrecha cornisa en la pared oriental de la roca, tal vez a una yarda por debajo de la