en una palabra, descendía y se suavizaba hacia el sur; y, sin embargo, todo el valle estaba ceñido por eminencias, más o menos altas, excepto en dos puntos. De uno de estos ya he hablado. Se hallaba considerablemente al noroeste, y era por donde el sol poniente se abría paso, como he descrito antes, hacia el anfiteatro, a través de una brecha natural limpiamente cortada en el terraplén de granito; esta fisura debía de tener diez yardas de ancho en su punto más amplio, hasta donde la vista alcanzaba a seguirla. Parecía conducir hacia arriba, hacia arriba como una calzada natural, a los recesos de montañas y bosques inexplorados. La otra abertura estaba directamente en el extremo sur del valle. Aquí, por lo general, las pendientes no eran más que suaves inclinaciones, que se extendían de este a oeste unas ciento cincuenta yardas. En el medio de esta extensión había una depresión, al nivel del suelo ordinario del valle. En cuanto a la vegetación, así como respecto a todo lo demás, la escena se suavizaba y descendía hacia el sur. Hacia el norte —sobre el escarpado precipicio—, a pocos pasos del borde, brotaban los magníficos troncos de numerosos pacanas, nogales negros y castaños, salpicados de algún que otro roble; y las fuertes ramas laterales arrojadas especialmente por los nogales se extendían mucho más allá del borde del acantilado. Avanzando hacia el sur, el explorador veía, al principio, la misma clase de árboles, pero cada vez menos elevados y de carácter menos salvatoriano; luego veía el olmo más apacible, sucedido por el sasafrás y la acacia —estos a su vez por el tilo, el árbol del amor, la catalpa y el arce, más suaves—, y estos aún de nuevo por variedades todavía más graciosas y modestas. Toda la superficie de la declividad meridional estaba cubierta únicamente de arbustos silvestres —a excepción de algún ocasional sauce plateado o chopo blanco. En el fondo del mismo valle (pues debe tenerse en cuenta que la vegetación mencionada hasta ahora crecía solo en los acantilados o en las laderas) se veían tres árboles aislados. Uno era un olmo de gran tamaño y forma exquisita: vigilaba la puerta sur del valle. Otro era un pacana, mucho más grande que el olmo y, en conjunto, un árbol mucho más bello, aunque
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La cabaña de Landor
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