con seguridad en la adolescencia, nada de ese sansculottism de salón que Byron había puesto de moda. Todo es límpido y sereno, con un agradable toque del Helicón griego. La melodía del conjunto, además, es notable. No es de esa clase que puede demostrarse aritméticamente en las puntas de los dedos. Es de esa especie más fina que solo el oído interno puede apreciar. Parece simple, como una columna griega, debido a su perfección. En un poema titulado «Ligeia», bajo cuyo título pretendía personificar la música de la naturaleza, nuestro joven poeta nos ofrece el siguiente cuadro exquisito:
¡Ligeia! ¡Ligeia! Mi hermosa, la que anhela transformar en canción cada dura idea, dime, ¿es tu voluntad flotar en la brisa, o, con gracia esquiva, cual solitaria ave marina, posada en la noche, como ella en el aire, velar con deleite la armonía que allí yace?
John Neal, él mismo un hombre de genio, y cuya lira ha estado demasiado tiempo caprichosamente silenciosa, apreció el alto mérito de estos y similares pasajes, y trazó un orgulloso horóscopo para su autor.
Mr. Poe poseía ese algo indescriptible que los hombres han convenido en llamar genio. Ningún hombre ha podido decirnos con precisión qué es, y, sin embargo, no hay nadie que no sea inevitablemente consciente de su presencia y de su poder. Que el talento se retuerza y se contorsione como quiera, no posee tal magnetismo. Podrá ser de huesos y tendones más robustos, pero le faltan las alas. El talento se pega firmemente a la tierra, y sus obras más perfectas aún tienen un pie de barro. El genio reclama parentesco con los propios mecanismos de la Naturaleza, de modo que una puesta de sol parecerá una cita de Dante, y