Abatido, humillado hasta el polvo como entonces me encontraba, es probable que me hubiera resentido de este lenguaje lacerante mediante una violencia personal inmediata, de no haber sido porque toda mi atención quedó en ese momento aprisionada por un hecho de la más pasmosa naturaleza. La capa que yo había vestido era de una clase de pieles poco común; cuán poco común, cuán extravagantemente costosa, no me arriesgaré a decir. Su diseño, además, era de mi propia y fantástica invención, pues yo era exquisito hasta un grado absurdo de vanidad en asuntos de esta frívola índole. Cuando, por lo tanto, el señor Preston me tendió lo que había recogido del suelo, cerca de las puertas dobles del salón, fue con un asombro que rayaba casi en el terror cuando percibí que la mía ya colgaba de mi brazo (donde sin duda la había colocado de manera inconsciente), y que la que se me presentaba no era sino su exacta réplica en todos y cada uno de los aspectos, incluso en el más mínimo detalle posible. El singular ser que me había expuesto tan desastrosamente, iba envuelto, según recordaba, en
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William Wilson
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