Sin embargo, por buenas razones, hice cuanto pude por darle a la multitud el valor de su molestia. Se decía que mis convulsiones eran extraordinarias. Mis espasmos habrían sido difíciles de superar. El populaje pidió otra. Varios caballeros se desmayaron; y una multitud de damas fueron llevadas a sus casas con ataques de histeria. Pínxit aprovechó la oportunidad para retocar, a partir de un boceto tomado en el acto, su admirable cuadro de Marsias desollado vivo.
Cuando me hubo proporcionado la diversión suficiente, se consideró oportuno retirar mi cuerpo de la horca—esto tanto más cuanto que el verdadero culpable había sido recapturado y reconocido entre tanto, un hecho que yo tuve la mala suerte de ignorar.
Mucho compadecimiento se demostró, por supuesto, en mi favor, y como nadie reclamaba mi cadáver, se dispuso que me dieran sepultura en una cripta pública.
Aquí, transcurrido el intervalo debido, fui depositado. El sextón se marchó, y me quedé a solas. Un verso de El malcontento de Marston —
La muerte es buena moza y tiene casa abierta—
me pareció en ese momento una mentira palpable.
Me deshice, sin embargo, de la tapa de mi ataúd y salí. El lugar era terriblemente lúgubre y húmedo, y comencé a sentirme abrumado por el hastío. A modo de entretenimiento, tanteé mi camino entre los numerosos ataúd colocados en orden alrededor. Los bajé, uno por uno, y rompiendo sus tapas, me entretuve haciendo conjeturas sobre la mortalidad que había dentro.
“Esto”, soliloquié tropezando con un cadáver abotagado, hinchado y redondo; “esto ha sido, sin duda, en todos los sentidos de la palabra, un