atractivo por excelencia; pero aún no soy Timón. Deseo la compostura, mas no el abatimiento de la soledad. Debe quedarme cierto control sobre la extensión y la duración de mi reposo. Habrá también horas frecuentes en las que necesitaré la simpatía de los poéticos por lo que he hecho. Busquemos, pues, un paraje no lejos de una ciudad populosa, cuya vecindad, además, me permitirá ejecutar mejor mis
En busca de un lugar adecuado con tal situación, Ellison viajó durante varios años, y a mí se me permitió acompañarle.
Mil parajes de los que quedé prendado los rechazó sin vacilar, por razones que me convencieron, al fin, de que tenía razón.
Llegamos por fin a una meseta elevada de maravillosa fertilidad y belleza, que ofrecía un prospecto panorámico muy poco inferior en extensión al del Etna y que, en opinión tanto de Ellison como en la mía propia, superaba la famosísima vista de aquel monte en todos los verdaderos elementos de lo pintoresco.
—Soy consciente —dijo el viajero, al exhalar un suspiro de profundo deleite tras contemplar esta escena, embelesado, durante casi una