“ «Cuatro alas membranosas cubiertas de pequeñas escamas coloreadas de aspecto metálico; boca que forma una probóscide enrollada, producida por un alargamiento de las mandíbulas, a cuyos lados se encuentran los rudimentos de las mandíbulas y los palpos vellosos; las alas inferiores sujetas a las superiores por un pelo rígido; antenas en forma de maza alargada, prismáticas; abdomen puntiagudo. La esfinge de la cabeza de muerte ha ocasionado a veces mucho terror entre el vulgo debido al tipo melancólico de grito que emite y a las insignias de muerte que lleva sobre su coselete». ”
Aquí cerró el libro y se inclinó hacia adelante en la silla, colocándose exactamente en la posición que yo había ocupado en el momento de contemplar «al monstruo».
—Ah, aquí está —exclamó al poco rato—; está volviendo a subir por la ladera de la colina, y he de admitir que es una criatura de aspecto muy notable. Aun así, ni de lejos es tan grande ni está tan lejos como te imaginabas; pues el caso es que, a medida que se arrastra por este hilo que alguna araña ha tejido en el marco de la ventana, descubro que mide aproximadamente dieciseisavos de pulgada en su longitud máxima, y que también se halla a unos dieciseisavos de pulgada de distancia de la pupila de mi ojo.