Entre tanto, como era muy seguro que el Tábano me atacaría por mi intento de componer un poema rival sobre el «Aceite-de-Bob», él (el señor Crab) se encargaría de velar, de manera muy directa, por mis intereses privados y personales. Si no me hacían un hombre de provecho de inmediato, no sería por culpa suya (del señor Crab).
Habiendo hecho el señor Crab una pausa en su discurso (cuya última parte me fue imposible comprender), me atreví a sugerir algo acerca de la remuneración que se me habíase enseñado a esperar por mi poema, mediante un anuncio en la portada de la revista Lollipop, que declaraba que esta (la Lollipop) «insistía en que se le permitiera pagar precios exorbitantes por todas las colaboraciones aceptadas, gastando con frecuencia más dinero en un solo poema breve que el coste anual combinado del Hum-Drum, el Rowdy-Dow y el Goosetherumfoodle».
Apenas hube mencionado la palabra «remuneración», el señor Crab abrió primero los ojos y luego la boca hasta un extremo verdaderamente notable, haciendo que