Rara vez un noble de Hungría había poseído antes tales dominios. Sus castillos eran innumerables. El principal en cuanto a esplendor y extensión era el «castillo Metzengerstein». La línea fronteriza de sus dominios jamás estuvo claramente definida; pero su parque principal abarcaba un circuito de cincuenta millas.
Ante la sucesión de un propietario tan joven, de carácter tan conocido, en una fortuna tan sin par, hubo pocas especulaciones acerca de su probable curso de conducta. Y, en verdad, durante el espacio de tres días, el comportamiento del heredero superó a Herodes en crueldad y rebasó con creces las expectativas de sus más entusiastas admiradores. Vergonzosas debilidades, flagrantes traiciones, atrocidades nunca vistas hicieron comprender rápidamente a sus temblorosos vasallos que de allí en adelante ni la sumisión servil por parte de ellos, ni los escrúpulos de conciencia por la suya, habrían de constituir garantía alguna contra las colmilladas implacables de un pequeño Calígula. En la noche del cuarto día, se descubrió que los establos del castillo Berlifitzing estaban en llamas, y la opinión unánime de