Aseguré a mi mecatenas que, si eso era todo, me hallaba perfectamente resignado a la tarea de encarnar a Thomas Hawk. Ante esto, el señor Crab me pidió que liquidara al editor del Gad-Fly de inmediato, en el estilo más feroz dentro del alcance de mi capacidad, y como muestra de mis facultades. Así lo hice, sobre la marcha, en una reseña del original «Aceite-de-Bob», que ocupaba treinta y seis páginas del Lollipop. En verdad, descubrí que hacer de Thomas Hawk era una ocupación mucho menos onerosa que poetizar; pues procedía enteramente a base de un sistema, y así resultaba fácil hacer la cosa a fondo y bien. Mi práctica era la siguiente. Compré ejemplares de saldo en subasta de los Discursos de lord Brougham, las Obras completas de Cobbett, el Nuevo silabario del argot, el Arte completo del desaire, el Billingsgate de Prentice (edición en folio) y el Sobre la lengua de Lewis G. Clarke. Destrocé a fondo estas obras con una rasqueta y, luego, arrojando los jirones en un tamiz, cerní con cuidado todo lo que pudiera considerarse decente (una mera bagatela); reservando las frases duras, que eché en un gran pimentero de hojalata con agujeros longitudinales, de modo que una oración entera pudiera pasar sin daño material. La mezcla estaba entonces lista para su uso. Cuando se me pedía interpretar a Thomas Hawk, untaba una hoja de papel de estraza con clara de huevo de ganso; luego, reduciendo a jirones la obra objeto de la reseña tal como había deshecho antes los libros —solo que con más cuidado, para separar cada palabra—, arrojaba estos últimos jirones junto con los primeros, enroscaba la tapa del pimentero, le daba un sacudido y esparcía así la mezcla sobre el papel de estraza embarrado de huevo, donde quedaba adherida. El efecto era hermoso de contemplar. Era cautivador. En verdad, las reseñas que logré perpetrar mediante este sencillo expediente jamás han sido igualadas y causaron el asombro del mundo. Al principio,
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La vida literaria de Thingum Bob, Esq.
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