No soy en absoluto nervioso por naturaleza, y los muy pocos vasos de Lafitte que había sorbido me sirvieron para envalentonarme bastante, de modo que no sentí nada de temor, sino que simplemente alcé los ojos con un movimiento pausado y miré con atención por toda la habitación en busca del intruso. No pude, sin embargo, discernir a nadie en absoluto.
—¡Humph! —prosiguió la voz, mientras yo continuaba con mi inspección—, ¡debes estar tan borrachio como un cerdo, entonces, por no verme sentado aquí a tu lado!
En seguida se me ocurrió mirar justo delante de mis narices, y allí, efectivamente, sentada frente a mí en la mesa, había una persona indescifrable, aunque no del todo imposible de describir.
- Su cuerpo era una barrica de vino, o un barril de ron, o algo por el estilo, y tenía un aire verdaderamente falstaffiano.
- En su extremidad inferior llevaba insertados dos pequeños barriles, que parecían cumplir con todas las funciones de unas piernas.
- Como brazos pendían de la parte superior del armazón dos botellas bastante largas, con los cuellos hacia afuera a guisa de manos.
Toda la cabeza que vi que poseía el monstruo era una de esas cantimploras de Hesse que se parecen a una gran tabaquera con un agujero en el medio de la tapa.
Esta cantimplora (con un embudo en la parte superior, como la montera de un caballero caída sobre los ojos) estaba colocada de canto sobre el barril, con el agujero dirigido hacia mí; y a través de este orificio, que parecía fruncido como la boca de una solterona muy estirada, la criatura emitía ciertos ruidos cavernosos y guturales que evidentemente pretendían ser una conversación inteligible.