de un choque.
Pero el contacto no se temía en ningún grado, pues los elementos de todos los cometas se conocían con exactitud. Que entre ellos debiéramos buscar la causa de la amenazada destrucción por el fuego se consideraba desde hacía muchos años una idea inadmisible.
Pero las maravillas y las fantasías descabelladas habían cundido, en los últimos tiempos, extrañamente entre la humanidad; y, aunque solo entre la gente ignorante cundía el temor real ante el anuncio de un nuevo cometa por parte de los astrónomos, dicho anuncio fue recibido en general con no sé qué agitación y desconfianza.
Los elementos del extraño astro se calcularon de inmediato, y todos los observadores convinieron al punto en que su órbita, en el perihelio, lo situaría en una proximidad muy estrecha con la tierra. Hubo dos o tres astrónomos, de menor importancia, que sostuvieron resueltamente que una colisión era inevitable.