Lackobreath admirase algo tan desemejante a mí era un mal natural y necesario. Soy, de todos es sabido, de apariencia robusta y corpulenta, y al mismo tiempo un tanto diminuto de estatura. Qué extrañeza, pues, que la tenuidad parecida a un listón de mi conocido, y su altitud, que se ha convertido en un proverbio, hayan hallado la debida estimación a los ojos de la señora Lackobreath. Pero volviendo al tema.
Mis esfuerzos, como ya he dicho, resultaron infructuosos. Armario tras armario —cajón tras cajón— rincón tras rincón— fueron examinados sin ningún propósito. En un momento dado, sin embargo, me creí seguro de mi botín, tras haber destruido por accidente, al rebuscar en un neceser, un frasco de Aceite de los Arcángeles de Grandjean —el cual, en calidad de perfume agradable, me tomo aquí la libertad de recomendar.
Con el corazón apesadumbrado regresé a mi boudoir—allí a meditar sobre algún método para eludir la penetración de mi esposa, hasta que pudiera hacer los preparativos antes de abandonar el país, pues a esto ya me había decidido. En un clima extranjero, al ser un desconocido, podría, con cierta probabilidad de éxito, esforzarme por ocultar mi infeliz calamidad—una calamidad calculada, aún más que la indigencia, para enajenar los afectos de la multitud y atraer sobre el desdichado la bien merecida indignación de los virtuosos y los felices. No tardé en dudar. Siendo naturalmente avispado, memoricé la tragedia entera de Metamora . Tuve la buena fortuna de recordar que en la acentuación de este drama, o al menos de la porción de él que se le asigna al héroe, los tonos de voz de los que me hallaba carente resultaban del todo innecesarios, y se esperaba que el profundo gutural reinara monótonamente de principio a fin.
Practiqué durante algún tiempo en las orillas de un pantano muy frecuentado;—sin tener en cuenta, sin embargo, ningún procedimiento