Sobre este tema —el de la apariencia personal de Smith— siento una especie de melancólica satisfacción en ser minucioso. Su cabellera habría hecho honor a un Bruto; nada podía ser más ricamente fluido ni poseer un brillo más vivo. Era de un negro azabache;—que era también el color, o más propiamente el no color, de sus inaginables patillas. Comprendéis que no puedo hablar de estas últimas sin entusiasmo; no es exagerado decir que eran las patillas más hermosas bajo el sol.
En todo caso, rodeaban, y a veces ensombrecían parcialmente, una boca absolutamente sin igual.
He aquí los dientes más enteramente regulares y del más brillante blanco de cuantos es posible concebir.
De entre ellos, en cada ocasión oportuna, brotaba una voz de sobrepasante claridad, melodía y fuerza.
En cuestión de ojos, asimismo, mi conocida estaba preeminentemente dotada. Cualquiera de tales órganos era digno de un par de los órganos oculares ordinarios. Eran de un avellana profundo, sumamente grandes y lustrosos; y se advertía en ellos, de vez en cuando, precisamente esa cantidad de interesante oblicuidad que dota de profundidad a la expresión.
El busto del General era indudablemente el mejor busto que jamás había visto. Por nada del mundo se le habría podido encontrar un defecto en su maravillosa proporción. Esta rara peculiaridad realzaba de gran manera un par de hombros que habrían hecho ruborizarse de consciente inferioridad al mismísimo Apolo de mármol. Siento pasión por los buenos hombros y puedo decir que jamás los había contemplado en su perfección antes. Los brazos en conjunto estaban admirablemente modelados. Ni las extremidades inferiores eran menos soberbias. Estas eran, en verdad, el ne plus ultra de las buenas piernas. Todo entendido en la materia admitía que las piernas eran buenas. No había en ellas ni