Transcurrieron tres días sin que se supiera nada de ella. Al cuarto, su cadáver fue encontrado flotando en el Sena, cerca de la orilla opuesta al barrio de la Rue Saint-Andrée, y en un punto no muy lejano de las solitarias inmediaciones de la Barrière du Roule.
La atrocidad de este asesinato (pues era evidente desde el primer momento que se había cometido un asesinato), la juventud y la belleza de la víctima y, sobre todo, su anterior notoriedad, contribuyeron a producir una intensa conmoción en el ánimo de los sensibles parisinos.
No recuerdo ningún acontecimiento semejante que haya producido un efecto tan general y tan intenso. Durante varias semanas, al debatirse este único y absorbente tema, se olvidaron hasta los trascendentales asuntos políticos del día.
El Prefecto hizo esfuerzos inusuales; y los recursos de toda la policía parisina fueron, por supuesto, puestos a prueba hasta el límite.
Al descubrirse por primera vez el cadáver, no se supuso que el asesino fuera capaz de eludir, por más de un período muy breve, la pesquisa que se puso en marcha de inmediato. No fue sino hasta transcurrida una semana cuando se consideró necesario ofrecer una recompensa; y aun entonces dicha recompensa se limitó a mil francos. Entre tanto, la investigación prosiguió con vigor, aunque no siempre con acierto, y numerosos individuos fueron interrogados sin resultado; mientras que, debido a la continua ausencia de toda pista sobre el misterio, la conmoción popular aumentó considerablemente. Al cabo del diez días se juzgó prudente duplicar la suma propuesta al principio; y, por fin, habiendo transcurrido la segunda semana sin conducir a ningún descubrimiento, y habiendo dado rienda suelta la