estaba haciendo algo que no tenía por qué hacer con el reloj. Pero como este ahora empezó a sonar, nadie tuvo tiempo de prestar atención a sus maniobras, pues todos tenían que contar los golpes de la campana a medida que sonaba.
“¡Una!” dijo el reloj.
—¡Von! —hizo eco cada viejecito en cada sillón deeaqueta de cuero de Vondervotteimittiss. —¡Von! —dijo también su reloj; —¡von! —dijo el reloj de su vrow; y —¡von! —dijeron los relojes de los muchachos, y los pequeños repetidores dorados en las colas del gato y del cerdo.
“¡Dos!”, continuó la campana grande; y
“¡Doo!”