seriedad. Parecía ahogarse de pasión, y su rostro estaba de un blanco cadavérico. Durante un breve espacio de tiempo permaneció en silencio, esforzándose aparentemente por dominar su
Habiendo al fin aparentemente tenido éxito, alcanzó una botella de cristal que estaba cerca de él, diciendo mientras la sostenía firmemente apretada: «El lenguaje que ha tenido a bien emplear, Mynheer Hermann, al dirigirse a mí, es objetable en tantos particulares, que no tengo ni el temple ni el tiempo para enumerarlos. Que mis opiniones, sin embargo, no son las opiniones que habrían de esperarse de un caballero, es una observación tan directamente ofensiva que me deja una sola línea de conducta. Cierta cortesía, no obstante, se debe a la presencia de esta compañía, y a usted mismo, en este momento, como mi huésped. Me perdonará usted, por lo tanto, si, por esta consideración, me desvío ligeramente del uso general entre caballeros en casos similares de afrenta personal. Me perdonará por el moderado impuesto que haré sobre su imaginación, y se esforzará en considerar, por un instante,