La chusma presionaba impetuosamente sobre nosotros, hostigándonos con sus lanzas y abrumándonos con lluvias de flechas. Estas últimas eran muy notables y se parecía en algunos aspectos al cris enroscado del malayo. Estaban hechas para imitar el cuerpo de una serpiente trepadora, y eran largas y negras, con una púa envenenada. Una de ellas me golpeó en la sien derecha. Tambaleé y caí. Una náusea instantánea y terrible se apoderó de mí. Luché—jadeé—morí.”
—Difícilmente insistirás ahora —dije sonriendo— en que toda tu aventura no fue un sueño. ¿No estarás dispuesto a sostener que estás muerto?
Cuando dije estas palabras, por supuesto esperaba alguna ingeniosa réplica por parte de Bedloe, pero, para mi asombro, titubeó, tembló, se puso pálido como un cadáver y guardó silencio.
Miré hacia Templeton. Estaba sentado, erecto y rígido en su silla; le traqueteaban los dientes y los ojos se le salían de las órbitas.
—¡Prosigue! —le dijo al fin a Bedloe con voz ronca.
“Durante muchos minutos —prosiguió este último—, mi único sentimiento, mi única sensación, fue el de la oscuridad y la nada, junto con la conciencia de la muerte. A la larga pareció cruzar por mi alma un choque violento y repentino, como de electricidad. Con él vino la sensación de elasticidad y de luz. Esto último lo sentí, no lo vi. En un instante pareció que me elevaba del suelo. Pero no tenía presencia corporal, ni visible, ni audible, ni palpable. La multitud había partido. El tumulto había cesado. La ciudad se hallaba en relativa paz. Debajo de mí yacía mi cadáver, con la flecha en la sien, y toda la cabeza enormemente hinchada y desfigurada. Pero todas estas cosas las sentí, no