«Jamás olvidaré las sensaciones de pavor, horror y admiración con que miré a mi alrededor. La barca parecía suspendida, como por arte de magia, a media altura, sobre la superficie interior de un embudo de circunferencia vastísima y profundidad prodigiosa, cuyas paredes, perfectamente lisas, se habrían podido tomar por ébano de no ser por la vertiginosa rapidez con que giraban y por el brillo fulgurante y cadavérico que proyectaban, en el momento en que los rayos de la luna llena, provenientes de aquella brecha circular entre las nubes que ya he descrito, se precipitaban en un torrente de gloria dorada a lo largo de los muros negros y muy lejos, hacia las entrañas más recónditas del abismo».
«Al principio estaba demasiado confuso para observar nada con precisión. El estallido general de terrorífica grandeza fue todo cuanto pude contemplar. Cuando me hube recuperado un poco, sin embargo, mi mirada cayó instintivamente hacia abajo. En esta dirección me fue posible obtener una vista despejada, debido a la manera en que el cúter pendía de la superficie inclinada del remolino. Se encontraba completamente en equilibrio —es decir, su