perseguidor fue declarada verídica; y todo el grupo expresó su determinación de no tolerar mansamente semejantes imposiciones en el futuro, ni de seguir avanzando por el presente con tales carroñas.
Fui, en consecuencia, arrojado aquí, ante la señal del «Cuervo» (frente a cuya taberna pasaba casualmente el carruaje), sin sufrir más accidente que la fractura de ambos brazos bajo la rueda trasera izquierda del vehículo.
Debo además hacer al cochero la justicia de declarar que no olvidó arrojar tras de mí el mayor de mis baúles, el cual, cayendo desafortunadamente sobre mi cabeza, me fracturó el cráneo de una manera a la vez interesante y extraordinaria.
El posadero del «Cuervo», que es un hombre hospitalario, al ver que mi baúl contenía lo suficiente para indemnizarle por cualquier pequeña molestia que pudiera tomarse de mi parte, mandó llamar sin demora a un cirujano de su conocimiento y me entregó a su cuidado junto con una factura y un recibo por diez dólares.