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nydus/Short FictionPublic
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La vida de Edgar Allan Poe

La situación de la literatura estadounidense es anómala. No tiene centro, o, si lo tiene, es como el de la esfera de Hermes. Está dividida en muchos sistemas, cada uno girando en torno a sus respectivos soles y ofreciendo a menudo a los demás solo el débil destello de una vía láctea.

Nuestra ciudad capital, a diferencia de Londres o París, no es un gran corazón central del cual irradien vida y vigor hacia las extremidades, sino que se parece más a un ombligo aislado plantado lo más cerca posible del centro del país, y que parece contar la leyenda de una utilidad pasada más que servir a ninguna necesidad presente.

Boston, Nueva York, Filadelfia, cada una tiene su literatura casi más diferenciada que las de los diversos dialectos de Alemania; y la Joven Reina del Oeste también tiene la suya propia, de la cual apenas ha llegado un rumor articulado hasta nosotros, los habitantes de la costa atlántica.

Quizá no haya tarea más difícil que la justa crítica de la literatura contemporánea.

Aun resulta más grato prodigar alabanzas allí donde hacen falta que donde se merecen, y la amistad seduce tan a menudo el punzón de hierro de la justicia hacia un vago adorno, que esta escribe lo que más bien parece un epitafio que una crítica.

Sin embargo, si se da la alabanza como una limosna, no podríamos echar una tan venenosa en el sombrero de ningún hombre. La tinta del criticó puede sufrir por igual a causa de una infusión demasiado grande de agallas o de azúcar. Pero es más fácil ser generoso que justo, y fácilmente daríamos crédito a esa fabulosa dirección para hallar el escondite de la verdad, si juzgáramos por la cantidad de agua que solemos encontrar mezclada con ella.

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