entrado en el caballo, y otro por donde había salido. Si se la encontraba en el animal entonces, tras haber hecho su salida, vi claramente que debió haber sido depositada por la persona que la encontró. La camisa y el pañuelo ensangrentados confirmaron la idea sugerida por la bala; pues la sangre, al ser examinada, resultó ser un clarete de primera, y nada más. Cuando llegué a pensar en estas cosas, y también en el reciente aumento de generosidad y gastos por parte del señor Goodfellow, abrigué una sospecha que no era menos fuerte por el hecho de guardármela por completo para mí.
Entre tanto, instituí una rigurosa búsqueda privada del cadáver del señor Shuttleworthy y, por buenas razones, busqué en lugares tan divergentes como fue posible de aquellos a los que el señor Goodfellow condujo a su grupo.
El resultado fue que, al cabo de unos días, di con un viejo pozo seco, cuya boca estaba casi oculta por las zarzas; y allí, en el fondo, descubrí lo que buscaba.