escribió bien y con naturalidad desde el principio. De haber tenido la desgracia de poseer un gusto cultivado, habríamos tenido una serie de poemas de los cuales, al igual que de sus cartas, habríamos podido cribar aquí y allá un grano de la masa de paja.
Los primeros esfuerzos de Coleridge no ofrecen promesa alguna de aquel genio poético que produjo de un solo golpe los poemas más desaforados, tiernos, originales y puramente imaginativos de los tiempos modernos. Las «Horas de ociosidad» (Hours of Idleness) de Byron no encontrarían jamás un lector de no ser por una curiosidad intrépida e indefatigable. En los primeros preludios de Wordsworth no hay sino un vago presentimiento del creador de toda una era. De los primeros poemas de Southey se habría podido extraer un presagio más seguro. Muestran al investigador paciente, al atento estudioso de la historia y al incansable explorador de las bellezas de sus predecesores, pero no ofrecen ninguna garantía de un hombre que fuera a añadir algo al caudal de las expresiones cotidianas, ni a los placeres más raros y sagrados del hogar o de la glorieta.
Los primeros especímenes de la mente poética de Shelley ya dan también muestras de esa sublimación etérea en la que el espíritu parece elevarse por encima de las regiones de las palabras, pero deja su cuerpo, el verso, sepultado, sin esperanza de resurrección, en una masa de ellas.
Cowley es citado por lo general como un prodigio de precocidad. Pero sus insipideces tempranas solo muestran una capacidad para rimar y para la disposición métrica de ciertas combinaciones convencionales de palabras, una capacidad totalmente dependiente de una organización física delicada y de una memoria infeliz.
Un poema temprano solo es notable cuando muestra un esfuerzo de la razón, y los versos más rudos en los que podemos rastrear alguna concepción de los fines de la poesía valen más que todos los milagros de la versificación juvenil fluida.