aparentemente bloqueado por una gigantesca puerta, o más bien portal, de oro bruñido, laboriosamente tallado y calado, que refleja los rayos directos del sol que ahora declina rápidamente con una eclosión de brillo que parece envolver en llamas a todo el bosque circundante. Esta puerta está inserta en el elevado muro, el cual aquí parece cruzar el río en ángulo recto. En pocos momentos, sin embargo, se advierte que el cuerpo principal del agua sigue trazando una curva suave y amplia hacia la izquierda, y el muro la sigue como antes, mientras que un arroyo de considerable caudal, que se desvía del principal, se abre paso con una leve ondulación bajo la puerta, quedando así oculto a la vista. La canoa cae en el canal menor y se aproxima a la puerta. Sus pesadas hojas se abren lenta y musicalmente. La embarcación se desliza entre ellas e inicia un rápido descenso hacia un vasto anfiteatro enteramente rodeado por montañas púrpuras, cuyas bases son bañadas por un río resplandeciente en toda la extensión de su circuito. Entre tanto, todo el Paraíso de Arnheim irrumpe ante la vista. Hay un torrente de melodía hechizante; hay una sensación abrumadora de extraño y dulce olor; hay una mezcla onírica a la vista de altos y esbeltos árboles orientales —espesos arbustos—, bandadas de aves doradas y carmesíes, lagos bordeados de lirios, praderas de violetas, tulipanes, amapolas, jacintos y nardos, largas líneas entrelazadas de arroyuelos plateados y, brotando confusamente de entre todo ello, una masa de arquitectura semigótica y semisarracena que se sostiene milagrosamente en el aire, brillando bajo la luz roja del sol con un centenar de ajimeces, minaretes y pináculos, y pareciendo la obra fantasma, conjuntamente, de los Silfos, de las Hadas, de los Genios y de los Gnomos.
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The Domain of Arnheim
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