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nydus/Short FictionPublic
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El sistema del doctor Tarr y el profesor Fether

Y ahora también, al oír un estallido y un efervescente chisporroteo de champán increíbles, descubrí por fin que procedía de la persona que hizo de botella de esa delicada bebida durante la cena. Y luego, otra vez, el hombre-rana croaba como si la salvación de su alma dependiera de cada nota que emitía. Y, en medio de todo esto, el rebuzno continuo de un burro se alzaba por encima de todo. En cuanto a mi vieja amiga, Madame Joyeuse, la verdad es que me habría podido echar a llorar por la pobre señora, tan terriblemente desconcertada se la veía. Todo lo que hacía, sin embargo, era ponerse de pie en un rincón, junto a la chimenea, y cantar incesantemente a todo pulmón: «¡Kikirikíiiiiii!».

Y llegó ahora el clímax: la catástrofe del drama.

Como no se opuso resistencia alguna a las incursiones del grupo de afuera, más allá de gritos, alaridos y cantos de gallo, las diez ventanas fueron rotas con gran rapidez y casi simultáneamente.

Pero jamás olvidaré las emociones de asombro y horror con que contemplé cómo, saltando a través de estas ventanas y cayendo entre nosotros en confusa mezcla, luchando, pateando, arañando y aullando, se precipitaba un auténtico ejército de lo que tomé por chimpancés, orangutanes o grandes papiones negros del cabo de Buena Esperanza.

Recibí una paliza terrible, tras la cual me metí bajo un sofá y me quedé inmóvil. Al cabo de unos quince minutos, tiempo durante el cual escuché con toda atención lo que ocurría en la habitación, llegué a un desenlace bastante satisfactorio de esta tragedia. Monsieur Maillard, por lo visto, al darme cuenta del lunático que había incitado a sus compañeros a la rebelión, solo había estado relatando sus propias proezas. Este caballero había sido, en efecto, unos dos o tres años antes, el superintendente del establecimiento, pero enloqueció él mismo y se convirtió así en paciente. Este hecho era desconocido para el compañero

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