Su bufón, o truhán profesional, no era, sin embargo, un simple tonto. Su valor se triplicaba ante los ojos del rey por el hecho de ser también enano y cojo. Los enanos eran tan comunes en la corte, en aquellos días, como los bufones; y a muchos monarcas les habría resultado difícil pasar el día (los días son bastante más largos en la corte que en ninguna otra parte) sin contar al mismo tiempo con un bufón con quien reír y un enano de quien reírse. Pero, como ya he observado, vuestros bufones, en noventa y nueve de cada cien casos, son gordos, redondos y pesados—de modo que no era pequeña fuente de satisfacción íntima para nuestro rey el poseer en Hop-Frog (tal era el nombre del bufón) un triple tesoro en una sola persona.
Creo que el nombre de «Hop-Frog» no fue el que le dieron al enano sus padrino en el bautismo, sino que le fue conferido por consentimiento general de los siete ministros, debido a su incapacidad para andar como los demás hombres. De hecho, Hop-Frog solo podía avanzar mediante una especie de andar entrecortado —algo entre un salto y una torcedura—, un movimiento que proporcionaba ilimitada diversión y, por supuesto, consuelo al rey, pues (a pesar de la protuberancia de su estómago y de una hinchazón constitucional de la cabeza) el rey, para toda su corte, era considerado una figura espléndida.
Pero aunque Hop-Frog, debido a la deformidad de sus piernas, solo podía moverse con gran dolor y dificultad por un camino o un piso, el prodigioso poder muscular que la naturaleza parecía haber concedido a sus brazos, a modo de compensación por la deficiencia en las extremidades inferiores, le permitía realizar muchas proezas de maravillosa destreza, tratándose de árboles o cuerdas, o cualquier otra cosa que escalar.
En tales ejercicios se parecía ciertamente mucho más a una ardilla, o a un pequeño mono, que a una rana.