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nydus/Short FictionPublic
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El corazón delator

pared. Por fin cesó. El viejo había muerto. Retiré la cama y examiné el cadáver. Sí, estaba frío, frío como una piedra. Puse la mano sobre el corazón y la mantuve allí muchos minutos. No había ningún latido. Estaba frío como una piedra. Su ojo ya no volvería a molestarme.

Si aún me creéis loco, dejaréis de pensarlo cuando os describa las prudentes precauciones que tomé para la ocultación del cadáver.

La noche menguaba, y trabajé apresuradamente, pero en silencio. Antes que nada, desmembré el cadáver. Corté la cabeza, los brazos y las piernas.

Luego levanté tres tablones del piso de la habitación, y lo deposité todo entre los tirantes. Después volví a colocar las tablas con tanta destreza, con tanta astucia, que ningún ojo humano —ni siquiera el suyo— habría podido notar nada sospechoso.

No había nada que lavar —ni mancha de ningún tipo—, ni rastro de sangre. Había sido demasiado cauto para eso. ¡Una tina lo había recogido todo—, ¡ja, ja!

Cuando hube terminado estas labores, eran las cuatro, y seguía tan oscuro como a medianoche. Al dar la campana la hora, llamaron a la puerta de la calle. Bajé a abrir con el corazón tranquilo, pues ¿qué me quedaba por temer? Entraron tres hombres que se presentaron, con perfecta suavidad, como oficiales de policía. Un vecino había oído un grito durante la noche; se había despertado la sospecha de un crimen; se había presentado una denuncia en la comisaría y a ellos (los oficiales) se les había encomendado registrar el lugar.

Sonreí⁠—pues, ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los caballeros. El grito, dije, había sido mío en un sueño. El viejo, mencioné, estaba ausente en el campo. Lleve a mis visitantes por toda la casa. Les mandé registrar⁠—registrar bien. Los conduje, al fin, a su aposento. Les mostré sus tesoros, seguros, intactos. En el entusiasmo de mi confianza, traje sillas a la

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