Pero hay otra prueba, más conmovedora y mucho más contundente, de que había bondad en Edgar A. Poe.
Para revelarla, nos vemos obligados a atrevenos a levantar el velo que cubre sagradamente el dolor y la hidalguía en la pobreza; pero creemos que puede disculparse, si con ello logramos iluminar la memoria del poeta, aun si no hubiera un servicio más necesario e inmediato que esto pueda prestar al eslabón más cercano roto por su muerte.
Nuestro primer conocimiento de la mudanza del señor Poe a esta ciudad se debió a una visita que recibimos de una señora que se nos presentó como la madre de su esposa.
Ella estaba en busca de empleo para él, y excusó su cometido mencionando que él estaba enfermo, que su hija era una inválida crónica y que sus circunstancias eran tales que la obligaban a encargarse de ello.
El rostro de esta señora, hecho hermoso y santo por una entrega evidentemente completa de su vida a la privación y a la tierna pesadumbre, su voz suave y melancólica urgiendo su petición, sus modales olvidados hacía tiempo pero habitual e inconscientemente refinados, y su mención suplicante y a la vez comprensiva de los méritos y capacidades de su hijo, revelaron de inmediato la presencia de uno de esos ángeles sobre la tierra que las mujeres en la adversidad pueden llegar a ser.
Era un duro destino el que ella estaba custodiando. El señor Poe escribía con meticulosa dificultad y en un estilo demasiado elevado para el nivel popular como para ser bien remunerado. Siempre atravesaba dificultades económicas y, con su esposa enferma, con frecuencia carecía de los elementos más indispensables para la vida.