dudado en intentar llevar al lunático a casa por la fuerza; pero conocía demasiado bien el temple del viejo negro como para abrigar la esperanza de que me ayudara, bajo ninguna circunstancia, en un enfrentamiento físico con su amo. No me cabía duda de que este último se había contagiado de alguna de las innumerables supersticiones sureñas sobre tesoros enterrados, y que su fantasía se había visto confirmada por el hallazgo del escarabajo o, tal vez, por la terquedad de Júpiter al sostener que era «un bicho de oro puro». Una mente propensa a la locura se deja arrastrar fácilmente por tales sugerencias —sobre todo si concuerdan con ideas preconcebidas y favoritas— y entonces recordé las palabras del pobre muchacho acerca de que el escarabajo era «el índice de su fortuna». En suma, me hallaba tristemente contrariado y perplejo, pero, al fin, decidí hacer de tripas corazón —cavar de buena gana y convencer así antes al visionario, mediante una demostración ocular, de la falacia de las opiniones que abrigos.
Encendidos