produjo una intensa conmoción debido a la declaración de un campesino que, mientras estaba sentado sobre la tumba del oficial, había sentido claramente un movimiento en la tierra, como si fuera provocado por alguien que forcejeaba debajo. Al principio se prestó poca atención a la afirmación del hombre; pero su evidente terror y la obstinación testaruda con la que insistía en su relato acabaron por surtir su efecto natural en la multitud. Se consiguieron palas apresuradamente y la tumba, que era vergonzosamente poco profunda, quedó abierta en pocos minutos hasta el punto de que apareció la cabeza de su ocupante. Entonces parecía muerto, pero estaba sentado casi erguido dentro de su ataúd, cuya tapa, en sus furiosos forcejeos, había levantado parcialmente.
Fue conducido inmediatamente al hospital más cercano, donde se declaró que aún vivía, aunque en un estado asfíctico. Tras algunas horas revivió, reconoció a personas de su conocimiento y, en frases entrecortadas, habló de sus agonías en la tumba.
Por lo que relató, era evidente que debió de haber sido consciente de la vida durante más de una hora, estando inhumado, antes de caer en la insensibilidad. La tumba había sido descuidada y holgadamente rellenada con una tierra sumamente porosa; y así, necesariamente, se admitía algo de aire.
Oyó los pasos de la multitud por encima, y se esforzó por hacerse oír a su vez. Fue el tumulto dentro de los terrenos del cementerio, dijo, lo que pareció despertarlo de un sueño profundo, pero no bien estuvo despierto cuando se dio cuenta plenamente de los espantosos horrores de su situación.
Este paciente, según consta, iba mejorando y parecía encaminado hacia una recuperación definitiva, pero cayó víctima de las charlatanerías del experimento médico. Se le aplicó la pila galvánica y expiró repentinamente en uno de esos paroxismos extáticos que, ocasionalmente, esta induce.