Sin embargo, la consecuencia de esta locura fue que, en dos o tres días, tuvieron que enviarme a casa con mi familia de cabeza de botón en un estado de fiebre alta, y con un dolor violentísimo y peligroso en el sincipucio, justo alrededor de mi órgano del orden. Estuve a punto de dar el estirón por entonces —a un tris durante seis semanas—, los médicos desahuciándome y todo eso.
Pero, aunque sufrí mucho, en el fondo era un muchacho agradecido. Me libré de ser un «comerciante respetable de ferretería y comisiones, que hace un negocio excelente», y me sentía agradecido con la protuberancia que había sido el medio de mi salvación, así como con la bondadosa mujer que originalmente había puesto estos medios a mi alcance.
La mayoría de los muchachos se escapan de casa a los diez o doce años, pero yo esperé hasta tener dieciséis. No sé si me habría marchado ni entonces, de no haber dado la casualidad de oír hablar a mi vieja madre sobre ponerme por mi cuenta en el negocio de ultramarinos.
¡El negocio de ultramarinos!—¡piénsese nada más en eso! Resolví largarme de inmediato y tratar de establecerme en alguna ocupación decente, sin andar más tiempo a merced de los caprichos de esta excéntrica gente vieja, y corriendo el riesgo de que terminaran haciendo de mí un genio.
En este proyecto tuve un éxito perfecto al primer intento, y para cuando cumplí los dieciocho justos, me vi llevando un extenso y lucrativo negocio en el ramo de Hombre-Anuncio de Sastrería.
Pude desempeñar las onerosas obligaciones de esta profesión únicamente gracias a esa rígida adherencia al sistema que constituía el rasgo principal de mi mente. Un método escrupuloso caracterizaba tanto mis actos como mis cuentas. En mi caso fue el método —y no el dinero— el que hizo al hombre: al menos todo aquello de él que no fue hecho a medida por el sastre a quien servía. A las nueve de la mañana en punto, acudía a