Fuiste todo eso para mí, amor, por lo que mi alma suspiraba— una verde isla en el mar, amor, una fuente y un altar, todo ceñido de frutos y flores de hada; y todas las flores eran mías.
¡Ay, sueño demasiado brillante para durar! ¡Ay, estelar Esperanza, que surgiste tan solo para ensombrecerte! Una voz desde el Futuro clama: «¡Adelante!»—mas sobre el Pasado (¡sombrío abismo!), mi espíritu yace flotando, ¡mudo—inmóvil—atónito!
¡Pues ay, ay de mí! con conmigo la luz de la vida ha acabado. «Nunca más—nunca más—nunca más», (tal lenguaje le habla el mar solemne a las arenas de la orilla), ¡brotará el árbol fulminado por el rayo, ni surcará los aires el águila herida!
Ahora todas mis horas son trances; y todos mis sueños nocturnos están donde la oscura mirada brilla y donde tus pasos centellean en qué etéreas danzas, junto a qué italianos arroyos.
¡Ay de aquel tiempo maldito en que te llevaron sobre las olas, del Amor a la senectud titulada y al crimen, y a un lecho impío!— ¡De mí, y de nuestro brumoso clima, donde llora el sauce plateado!
Que estas líneas estuvieran escritas en inglés —un idioma en el que yo no creía que su autor fuera versado— me causó poca sorpresa. Demasiado consciente era yo de la extensión de sus conocimientos y del singular placer que encontraba en ocultarlos a la vista como para asombrarme