—Si ahora, además de todas estas cosas, habéis reflexionado debidamente sobre el extrañísimo desorden de la estancia, habremos llegado al punto de combinar las ideas de una agilidad asombrosa, una fuerza sobrehumana, una ferocidad brutal, una carnicería sin motivo, una grosería en el horror absolutamente ajena a la humanidad, y una voz de tono extraño para los oídos de hombres de muchas naciones, y desprovista de toda articulación silábica distinta o inteligible.
¿Qué resultado se ha obtenido entonces? ¿Qué impresión he causado en vuestra imaginación?
Sentí un escalofrío por todo el cuerpo cuando Dupin me hizo la pregunta.
“Un loco —dije— ha cometido este acto; algún maníaco furioso, escapado de una Maison de Santé vecina”.
—En algunos aspectos —respondió—, su idea no carece de pertinencia. Pero las voces de los locos, aun en sus más violentos paroxismos, jamás coinciden con esa voz peculiar que se oyó en la escalera. Los locos