sueños, rompemos la telaraña de algún ensueño. Sin embargo, un segundo después (tan frágil puede haber sido esa red) no recordamos haber soñado. En el retorno a la vida desde el desmayo hay dos etapas; primero, la del sentido de la existencia mental o espiritual; segundo, la del sentido de la existencia física. Parece probable que si, al alcanzar la segunda etapa, pudiéramos recordar las impresiones de la primera, hallaríamos estas impresiones elocuentes en recuerdos del abismo de más allá. ¿Y ese abismo es—qué? ¿Cómo al menos distinguiremos sus sombras de las de la tumba? Mas si las impresiones de lo que he llamado la primera etapa no se recuerdan a voluntad, ¿acaso, tras un largo intervalo, no acuden sin ser llamadas, mientras nos preguntamos de dónde vienen? Aquel que nunca se ha desmayado no es quien halla extraños palacios y rostros salvajemente familiares en las brasas que resplandecen; no es quien contempla flotando en el aire las tristes visiones que la multitud no puede ver; no es quien medita sobre el perfume de alguna flor insólita; no es cuyo cerebro se embriaga con el significado de alguna cadencia musical que jamás antes había llamado su atención.
Table of Contents
El pozo y el péndulo
681