—¡Smith! —dijo con su conocido y peculiar modo de arrastrar las sílabas—; ¡Smith!—¿cómo, no será el general John A. B. C.?—Triste asunto aquel con los kikapoo-o-o-os, ¿no le parece?—¡Dígame! ¿No lo cree así?—¡perfecto despera-a-ado!—¡una verdadera lástima, se lo juro!—¡época maravillosamente inventiva!—¡pro-o-odigios de valor! A propósito, ¿oyó usted alguna vez hablar del capitán Ma-a-a-a-n?
—¡Al diablo con el capitán Mann! —dije—; por favor, siga con su historia.
—¡Ejm!—¡bueno!—quite la même cho-o-ose, como decimos en Francia. ¿Smith, eh? ¿El brigadier general John A—B—C? Digo yo—[aquí el señor S. tuvo a bien llevarse el dedo al lado de la nariz]—: digo yo, ¿no querrás insinuar ahora, real, verdadera y concienzudamente, que no estás al tanto de todo ese asunto de Smith tan bien como yo, eh? ¿Smith? ¿John A—B—C? ¡Válgame Dios, si es el ho-o-ombre—!
—Señor Sinivate —le supliqué—, ¿es él el hombre de la máscara?
—¡No-o-o! —dijo con aire sapiente—, ni tampoco el hombre de la lu-u-una.
Esta respuesta la consideré un insulto directo y rotundo, y por eso salí de la casa de inmediato y muy enfadado, con la firme resolución de pedirle cuentas a mi amigo, el señor Sinivate, a la mayor brevedad por su conducta poco caballerosa y su mala educación.
Mientras tanto, sin embargo, no tenía la menor intención de permitir que se frustrara la información que deseaba. Me quedaba aún un recurso. Iría a la fuente misma. Visitaría de inmediato al propio General y le exigiría, en términos explícitos, una solución para esta abominable pieza de misterio. Aquí, al menos, no habría lugar para la ambigüedad. Sería claro, tajante, imperativo—seco como una galleta—tan conciso como Tácito o Montesquieu.