Distintas, frías, calmosamente distintas, cayeron aquellas pocas y sencillas palabras en mi oído, y desde allí, como plomo fundido, rodaron con un siseo hasta mi cerebro. Años—años podrán pasar, pero jamás el recuerdo de aquella época. Ni es que yo ignorara las flores y la vid—pero la cicuta y el ciprés me ensombrecían noche y día. Y no llevaba cuenta del tiempo ni del lugar, y las estrellas de mi destino se desvanecieron del cielo, y por ello la tierra se volvió sombría, y sus figuras pasaban junto a mí como sombras fugaces, y entre todas ellas yo no veía sino a—Morella. Los vientos del firmamento exhalaban un solo sonido en mis oídos, y las ondas del mar murmuraban incesantemente—Morella. Pero ella murió; y con mis propias manos la llevé a la tumba; y reí con una larga y amarga risa al no hallar rastros de la primera en el osario donde deposité a la segunda, Morella.
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Morella
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