supe al principio a qué atenerne ante este fenómeno extraordinario; al no poder creer que mi ritmo de ascensión hubiera sufrido de repente una aceleración tan prodigiosa. Mas pronto se me ocurrió que la atmósfera era ya demasiado rara para sostener siquiera las plumas; que caían en efecto, tal como parecía, con gran rapidez; y que me había sor prendido la combinación de las velocidades de su descenso y de mi propia elevación. > > “A eso de las diez hallé que tenía muy poco en qué ocupar mi atención inmediata. Las cosas marchaban viento en popa y creía que el globo subía con una velocidad que crecía por momentos, si bien ya no disponía de medios para comprobar la progresión de dicho incremento. No sufría dolores ni molestias de ninguna clase y disfrutaba de mejor ánimo que en cualquier momento desde mi partida de Róterdam, ocupándome ahora en examinar el estado de mis diversos aparatos y luego en regenerar la atmósfera dentro de la cámara. Decidí atender a este último punto a intervalos regulares de cuarenta minutos, más por velar por mi salud que por ser tan frecuente renovación estrictamente necesaria. Entre tanto, no pude menos que abandonarme a las anticipaciones. La imaginación se recreaba en las regiones silvestres y oníricas de la luna. La fantasía, sintiéndose por una vez desatada, deambulaba a su antojo entre las maravillas siempre cambiantes de una tierra umbría e inestable. Había allí bosques vetustos y venerables, y precipicios escarpados, y cascadas que se despeñaban con gran estrépito hacia abismos sin fondo. De pronto penetraba en soledades silenciosas del mediodía, donde jamás se entrometía viento del cielo alguno y donde vastos prados de amapolas y esbeltas flores de aspecto liráceo se extendían a una distancia agobiante,
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La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall
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