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nydus/Short FictionPublic
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Tres domingos en una semana

indignación del propio Job ver cómo se comportaba como un viejo gato cazador con nosotros dos, pobres y desgraciados ratoncillos. En su interior, no deseaba nada con más fervor que nuestra unión. Se le había metido eso en la cabeza desde el principio. De hecho, habría dado diez libras esterlinas de su propio bolsillo (la dote de Kate era suya) si hubiera podido inventar algo parecido a una excusa para acceder a nuestros muy naturales deseos. Pero es que habíamos sido tan imprudentes de sacar el tema nosotros mismos. No oponerse a él en tales circunstancias, creo sinceramente que no estaba en su mano.

Ya he dicho que tenía sus puntos débiles; pero al hablar de estos, no debe entenderse que me refiero a su terquedad, que era uno de sus puntos fuertes⁠—«assurement ce n’était pas sa foible».

Cuando menciono su debilidad, aludo a una extraña superstición de vieja que lo atormentaba. Creía firmemente en los sueños, los presagios y et id genus omne de majaderías.

Era además sumamente puntilloso en cuestiones de menor importancia y, a su manera, un hombre de palabra, sin lugar a dudas. Esto era, de hecho, uno de sus pasatiempos favoritos. Del espíritu de sus promesas no tenía ningún escrúpulo en burlarse, pero la letra era un vínculo inviolable.

Pues bien: fue de esta última peculiaridad de su carácter de la que el ingenio de Kate nos permitió, un buen día, no mucho después de nuestra entrevista en el comedor, sacar una ventaja muy inesperada; y habiendo así, al modo de todos los bardos y oradores modernos, agotado en los prolegómenos todo el tiempo de que disponía y casi todo el espacio de que podía hacer uso, resumiré en pocas palabras lo que constituye el meollo de la historia.

Ocurrió entonces —así lo dispusieron las Parcas— que entre los conocidos de la marina de mi prometida se contaba a dos caballeros que

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