Y era la mañana siguiente, por cierto, justamente cuando me estaba decidiendo sobre si no sería lo más cortés enviarle un papelito a la viuda a modo de cartita de amor, cuando se llegó el criado de reparto con una tarjeta elegante, y me dijo que el nombre que tenía (porque nunca pude leer la letra inglesa a causa de ser zurdo) trataba todo sobre monseñor, el conde, Un Ganso, Look-aisy, Maiter-di-dauns, y que todo aquel maldito argot era el larguirucho y bribón nombre del pequeño extranjero francés viejito que vivía enfrente.
Y con eso mismo entró el hijito de puta en persona, y luego me hizo una reverencia de mil demonios, y luego dijo que solo se había tomado la libertad de hacerme el honor de pasar a verme, y luego se puso a parlotear a más y mejor, y ni una pizca le comprendí de lo que me iba diciendo para nada, a no ser y excepto que dijo «pully wou, woolly wou», y me contó, entre un montón de mentiras, mal rayo lo parta, que estaba loco de amor por mi viuda la señora Tracle, y que mi viuda la señora Tracle le tenía debilidad.
Al oir esto, bien podéis jurar que me puse como un grajo loco, pero recordé que era Sir Pathrick O’Grandison, Barronitt, y que no era del todo fina persona dejar que la cólera pudiera a la finura, así que le resté importancia al asunto y me hice el sueco, y entablé muy buena relación con el amiguito, y al poco rato, ¿qué hizo sino pedirme que lo acompañara a casa de la viuda, diciendo que me daría la inthroducción a la moda ante su señoría?
“¿Ahí estás?”, me dije entonces para mis adentros, “y es verdad lo que dices, Pathrick, que eres el mortal más afortunado de la vida. Pronto veremos ahora si es tu dulce persona, o si es el pequeño Mounseer Maiter-di-dauns, de quien la señora Tracle está hasta las cejas enamorada”.