de su afecto. Durante largas horas, reteniendo mi mano, vertía ante mí el desborde de un corazón cuya devoción, más que apasionada, rayaba en la idolatría. ¿Cómo había merecido ser tan bendecido por semejantes confesiones?, ¿cómo había merecido ser tan maldito con la pérdida de mi amada en el momento mismo en que las hacía? Pero sobre este tema no puedo soportar explayarme. Permítaseme decir tan solo que en el abandono de Ligeia, más que femenino, a un amor —¡ay!— del todo inmerecido, del todo indignamente otorgado, reconocí al fin el principio de su anhelo, con un deseo tan salvajemente ferviente, de la vida que ahora huía con tanta rapidez. Es este anhelo salvaje —es esta vehemente avidez de vida—, ¡pero de vida!, lo que no tengo el poder de retratar, ni palabras capaces de expresar.
A la alta medianoche de la noche en que partió, llamándome, imperiosamente, a su lado, me pidió que repitiera ciertos versos compuestos por ella misma pocos días antes. Yo la obedecí. Eran estos:—