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nydus/Short FictionPublic
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Un cuento de Jerusalén

—¡Por las cinco esquinas de mi barba! —gritó el fariseo, que pertenecía a la secta llamada de los Atropelladores (aquel pequeño grupo de santos cuya costumbre de atropellar y lacerar los pies contra el pavimento fue durante mucho tiempo una espina y un reproche para los devotos menos fervorosos, un tropiezo para los transeúntes menos dotados)—, ¡por las cinco esquinas de esa barba que, como sacerdote, tengo prohibido afeitar! ¿Hemos vivido para ver el día en que un advenedizo blasfemo e idolatra de Roma nos acuse de apropiarnos para los apetitos de la carne de los más santos y consagrados elementos? ¿Hemos vivido para ver el día en que—

—No cuestionemos los motivos del filisteo —interrumpió Abel-Phittim—, pues hoy nos beneficiamos por primera vez de su avaricia o de su generosidad; apresurémonos más bien hacia las murallas, no sea que falten ofrendas para ese altar cuyo fuego las lluvias del cielo no pueden apagar, y cuyas columnas de humo ninguna tempestad es capaz de desviar.

Aquella parte de la ciudad a la que nuestros dignos gizbarim se apresuraban ahora, y que llevaba el nombre de su arquitecto, el rey David, era considerada el distrito más fuertemente fortificado de Jerusalén, por estar situada sobre la empinada y elevada colina de Sión. Aquí, un foso circunvalatorio, ancho y profundo, labrado en la roca viva, estaba defendido por un muro de gran solidez erigido sobre su borde interior. Este muro estaba adornado, a intervalos regulares, por torres cuadradas de mármol blanco, de sesenta codos las más bajas y de ciento veinte las más altas. Pero, en las inmediaciones de la puerta de Benjamín, el muro no surgía en absoluto del margen del foso. Por el contrario, entre el nivel del foso y la base de la muralla sealzaba un acantilado perpendicular de dos cientos cincuenta codos, que formaba parte del precipitoso monte Moria. De modo que cuando Simeón y sus asociados llegaron a la cúspide de la torre llamada Adoni-Bezek⁠ —la más alta de todas las torrecillas que rodeaban Jerusalén y el lugar habitual de conferencias con el ejército sitiador⁠—, contemplaron el campamento

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