Un hombre pasó junto a mi escondite con paso débil e inestable. No pude verle la cara, pero tuve la oportunidad de observar su aspecto general. Había en él indicios de una gran vejez y debilidad. Sus rodillas titubeaban bajo el peso de los años, y todo su cuerpo temblaba bajo la carga. Murmuraba para sí, en voz baja y entrecortada, algunas palabras de un idioma que no pude comprender, y tanteaba en un rincón entre un montón de instrumentos de aspecto singular y cartas de navegación carcomidas. Sus maneras eran una mezcla salvaje de la petulancia de una segunda infancia y la solemne dignidad de un Dios. A fin de cuentas subió a cubierta, y no lo volví a ver.
Un sentimiento, para el que no tengo nombre, se ha apoderado de mi alma—una sensación que no admite análisis, para la cual las lecciones de tiempos pasados son insuficientes y de la que temo que el porvenir mismo no me ofrezca ninguna clave. Para una mente constituida como la mía, esta última consideración es un mal. Nunca—sé que nunca—estaré satisfecho en cuanto a la naturaleza de mis concepciones. Sin embargo, no es extraño que estas concepciones sean indefinidas, puesto que tienen su origen en fuentes tan absolutamente novedosas. Un nuevo sentido—una nueva entidad se añade a mi alma.
Hace mucho tiempo que pisé por primera vez la cubierta de este terrible barco, y los rayos de mi destino creo que convergen en un punto focal. ¡Hombres incomprensibles! Absortos en meditaciones de una índole que no alcanzo a adivinar, pasan a mi lado sin reparar en mí. Ocultarme es una soberana insensatez de mi parte, pues esta gente no quiere ver. Hace apenas un momento pasé directamente ante los ojos del segundo; no hace mucho que me atreví a entrar en el camarote privado del capitán y tomé de allí los materiales con los que escribo, y he escrito.